El culto a la personalidad

Escrito por el marzo 5, 2018

Repúblicas sin fondo, estados con historias vinculadas a los caudillos, instituciones que son alacenas vacías, leyes que traducen la voluntad de poder y que niegan los valores de la gente, épocas marcadas por los caprichos del gendarme de ocasión, constituciones que se fabrican como traje a la medida, y que prosperan y decaen según la suerte y la manipulación del personaje dominante. Eso somos.

Si alguna vez leemos la historia, y si la entendamos con franqueza, y con la mínima objetividad a que obliga la lealtad con estas patrias, concluiremos que lo que marca al continente es el culto a la personalidad, la devoción por los iluminados, la entrega incondicional a sus discursos, y la vida precaria de sociedades embelesadas por la magia de los vendedores de felicidad. Y veremos, entonces, que hemos vivido confundidos por el humo y los fuegos de artificio de las revoluciones de turno, por el estruendo del golpe de estado, por la retórica del charlatán que gana, del que tiene las condiciones para privatizar el poder y afianzar el dominio según las consignas y las metas que nunca se revelan, y que se encubren con la propaganda.

El culto a la personalidad, la vocación por los redentores, la irresistible tentación por la magia, han derivado en esa suerte de religión laica que es el populismo, con sus oficiantes, sus dogmas, sus infiernos y promesas de felicidad. La política es un rito que afianza el dominio sobre la gente, que articula miedos, obediencias e intereses, que sataniza a los enemigos, endiosa a los caudillos y bloquea el florecimiento de las repúblicas, entendidas como estructuras institucionales cuya finalidad es servir y propiciar la libertad, la iniciativa y la responsabilidad.

¿Dónde están las instituciones? ¿La ley es “el poder sin pasión” al que aspiraban los pensadores liberales? ¿Es posible desligar el poder de la persona que lo ejerce? ¿Se puede entender la democracia como un sistema marcado por la racionalidad y no por la pasión?
Más allá de la coyuntura que nos agobia, es evidente que uno de los problemas fundamentales, en el orden político y jurídico, es la inexistencia de instituciones, la saturación de personalidades que confunden la tarea de gobernar con el ejercicio de una curiosa vocación por su papel de redentores, de indispensables, de seres casi divinos que encarnan la esperanza de gente que vota por ellos con la fe del carbonero. Por caudillos. Eso explica la precaria vida de la legalidad, la vinculación de la felicidad con la suerte de cada líder, y la expropiación de las libertades en nombre de los discursos, la revoluciones y la propaganda.

¿Será posible, algún día, entender que el mal de fondo, más allá de esta coyuntura que oscila entre lo cursi y lo trágico, es la falta de instituciones?



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